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TEATRO DEL FUTBOL

Otra vez domingo, toda la semana esperando este día. Te calzas los botines, el short y la camiseta, no importa que esté nublado y haga frío, se te dibuja una sonrisa en la cara. Pisas la cancha, inflas el pecho con aire y ahí sí que te sentis invencible, entonces giras la cabeza y miras a tu hinchada: tus amigxs, lxs que te acompañan siempre -desde primero cuarta turno tarde-, y tu amor, que te sonríe sentadx. Allá más lejos, el arco contrario: ¡Qué ganas de romperlo a golazos! Hoy no podes fallar. Suena el silbato y comienza el show, ahí está “Juez”, el que siempre juega para el otro equipo y nunca cobra lo que corresponde. Comenzas a correr, tomás velocidad, vas trás la pelota, siempre buscándola -como un perro desesperado detrás de un chiche- completamente empapadx en sudor, ya te crees jugadxr profesional, ese jugadxr que siempre añoraste ser -el que años y años de escuelita de fútbol, cebollita subcampeon y pelota de trapo en el recreo-. Ves a tus contrincantes y el odio empieza a efervecer en tus entrañas, “no pasarán” repetís mil veces para tus adentros, como una plegaria casi bíblica. Los minutos transcurren, las imprecisiones suceden, otra vez esos sonidos del interior, otra vez los reproches, otra vez la incomodidad, un error que se clava en lo profundo de tu pecho y desinfla todo tu orgullo: se te escapó la pelota. Lo que sigue parece sacado de un cuento de Poe y vos ya lo conoces: la tinieblas se ciernen sobre la cancha, la extrañeza se adueña de la tarde y vos presencias todo desde un lugar ajeno, como si ya, desprovista de sentido, tu alma hubiese elegido abandonar tu cuerpo. Lo inevitable finalmente ocurre: dos no llega, cuatro se arriesga a una tarjeta e intenta interceptar la jugada con todo su cuerpo pero es demasiado lentx, y vos, que observas toda la jugada desde lejos, te alejas agarrandote la cara, no queres ver como destrozan tu preciado arco. Derrotadx, puteas a tus compañerxs porque sos tan orgullosx que preferís criticar a lxs demás, pero por dentro tu propia conciencia te carcome. Estás frustradx y te arrepentís de haber venido a jugar, te hubieras quedado durmiendo en tu casa. En caliente, seguís jugando -no vas a salir por tu cuenta de la cancha-, quedan 20 minutos y podría darse vuelta. Finalmente la impotencia te desborda, te lanzas brutalmente, impactando el muslo de tu adversarix, ambxs ruedan por el pasto, escuchas el silbato del “Juez”, lxs rivales se acumulan, todxs con ganas de ajusticiarte, te parás y como un cobarde haces lo más fácil: vas contra “Juez”, puteas y denigras a un pobre trabajadxr, que se pasa el domingo dirigiendo a un equipo como el tuyo. Con tarjeta roja, te echan un partido más. Es la peor mañana de tu vida, ojalá te hubieses dedicado al teatro, como te sugirió tu vieja hace unos años, pero no la escuchaste. Pensas que la vida podría acabarse en ese preciso instante sin más vericuetos. Perdiste la semifinal, tus compañerxs están destruidxs moralmente, decepcionadxs y enojadxs con vos. Pero termina el partido y te levantas del piso inflando nuevamente el pecho, porque ante todo sos una persona con códigos y los rituales se respetan, así que después de saludar a tus adversarios, enfilas con tus amigxs para la parri. Bajo la influencia del aroma de las carnes asadas y la frescura de los brebajes, el malhumor se va disipando lentamente, las bromas empiezan brotar, alguna palmada en la espalda comienza a devolverte algo de dignidad y recordás por qué saliste un domingo más de tu cama para calzarte los botines. El fútbol, como el teatro, con drama y comedia, como la vida misma. Ensayo realizado durante el 2015 en el marco del “Taller de la imagen continua” dictado por Carlos Bosch. Las fotos fueron expuestas en la Noche de los Museos 2015 en el Colegio Nacional Buenos Aires.

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